Domingo XXVIII
DIOS NOS QUIERE VERDADERAMENTE FELICES

Las lecturas de este domingo son una nueva invitación de Dios a dejarnos interpelar por él en nuestra vida cotidiana. El Evangelio utiliza algunos simbolismos, a modo de parábola, que nos ayudan a comprender mejor la iniciativa gratuita del Padre que invita a todos a la boda, los primeros optan por sus propios caprichos y prefieren no ir (el pueblo infiel), los segundos además matan a los mensajeros (los profetas) provocando el enojo de Dios, quien luego manda a sus otros siervos (los Apóstoles) a invitar a todos aquellos que encuentren.

Entonces cabe preguntarnos ¿no es ilógico que los invitados no quieran participar en la fiesta de la boda? ¿de qué boda se trata? A la primera pregunta podemos responder que es sumamente inentendible la reacción de los convidados, pues a quién no le gustan las fiestas, al mismo tiempo que: qué padre no desea celebrar las bodas de su hijo; a la segunda afirmamos que la boda es la del Mesías con la humanidad, con la historia de los hombres y de las mujeres.
Pero, sin embargo, no queda clara cuál es la intención del Padre por tener muchos invitados a la fiesta, y metiéndonos en el relato podríamos preguntarnos ¿qué es lo que Dios quiere?, la respuesta es muy sencilla: Dios quiere que seas feliz, que seamos felices; tanto como cuando estamos de fiesta. Desea que hagamos de nuestra vida una fiesta de esperanza, la de ser invitados al banquete de la Salvación, es decir, al banquete de la alegría auténtica y no de la alegría momentánea de las cosas terrenas. Somos seres espirituales que enraizados en la historia somos por iniciativa de Dios invitados a trascender, superar, esa condición y vivir la felicidad del Reino aquí y ahora.
No obstante Dios respeta nuestra libertad, podemos optar por quedarnos en nuestros caprichos y urgencias o por responder con generosidad y participar del banquete, imagen del Reino de Dios que nos libera de todas nuestras ataduras humanas, y nos hace hombres y mujeres íntegros, no disociados en quienes la vida privada va por un lado, la laboral por otro y la espiritual por otro, produciendo graves consecuencias incluso para nuestra salud psicofísica. En la integración de todos los aspectos de la vida es donde hallamos la auténtica felicidad, y como Pablo en la segunda lectura podemos afirmar que no nos mueven afanes de lucro ni intereses secundarios, sino la alegría se sentirnos hijos e hijas de Dios.
La parábola tiene una segunda parte en la que el Padre descubre que uno de los invitados no tiene puesto el vestido de fiesta, según la costumbre de la época antes de entrar en ella se les ofrecía un vestido oportuno a la misma, y manda expulsarlo afirmando que muchos son los llamados pero pocos los elegidos. ¿No parece contradictoria esta actitud frente a la anterior en la que el Padre manda a invitar a todos sin importar raza, clase social, sexo, etc?
Es verdad que a Dios no le importan nuestras posesiones, nuestra condición socio-económica, nuestra raza o color, el Reino que ha instaurado es para todos no puede reducirse a una especie de secta de predestinados, sin embargo el vestido es la única condición para formar parte de él, símbolo del hombre nuevo, es decir que para participar de la fiesta debemos revestirnos con el traje de gala dejando atrás aquel que nos esclaviza a nuestro pasado, a nuestras ambiciones temporales, para vivir la fiesta en el clima propio de ella: en el amor que supera todas las barreras. De los niños es de quienes debemos aprender, pues ellos viven con total pasión las fiestas, el tiempo no existe mientras disfrutan junto a sus pares, las diferencias entre ellos desaparecen en torno a la alegría de celebrar juntos.
Que podamos hacer de nuestra vida de fe una verdadera fiesta, celebrando al Dios que nos ama y nos invita a seguirlo, a poner toda nuestra vida en sus manos, contaminando nuestras comunidades y grupos parroquiales, de esa alegría que portamos quienes nos sentimos elegidos, evitando caer en el aburguesamiento de la fe y saliendo como servidores de Dios a invitar a otros al banquete, sin imponer nada a nadie sino invitando a compartir lo vivido.-
EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA

   
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