LA PALABRA DE DIOS DE CADA DOMINGO
Domingo XXXIII Tiempo durante el año

El proyecto de Dios: nuestro proyecto


Al igual que en el evangelio de la semana pasada, el de las vírgenes que debían aguardar la llegada del novio, el apóstol San Pablo nos invita a estar vigilantes, expectantes, ante Dios. Vigilia que supone alimentar nuestra fe desde dos pilares fundamentales, la oración y la vida sacramental, y la acción: es decir la preocupación y la ocupación de mi hermano, de aquel que necesita de mi ayuda.
Frente a esto se propone la imagen de la primera lectura: la de la madre como arquetipo de aquella que hace uso de su virtud y se muestra activa, emana de ella una fuente de muchos bienes, contraponiéndose un estado de ociosidad, es decir, de apatía existencial, en la que todo da igual, ayudar o no ayudar al otro, creer o no creer, proyecto en el que la vida se encamina hacia su perdición.
Se nos interpela con la imagen de un Dios al cual debemos temer, así lo proclama el salmista, ¿no es contradictorio que el Dios que dice amarnos se haga temer?, pues depende de qué entendamos como temor de Dios. Se trata, ante todo, de un temor reverencial hacia aquel que está en lo alto, que es lo Alto, el Absoluto; temor que deviene en su voluntad y que la comprendemos en la medida en que se nos va esclareciendo en cada uno de nuestros actos, a cada momento, en toda circunstancia, y cumplirla lejos de cohibir nuestra libertad nos da plena felicidad, porque es en primera y última instancia el deseo de Dios: que seamos felices, para ello es que nos ha pensado de acuerdo a un proyecto que debemos hacer fructificar en nuestra vida.
San Pablo nos exhorta a no vivir en las tinieblas, sino en la luz, atentos a la venida de Dios, ¿si viniese nos encontraría en el lugar en el que debemos estar? ¿habríamos hecho producir nuestros talentos o los habríamos sepultado? Debemos tener la capacidad de tender un puente que nos permita comprender que nuestro proyecto está en relación con uno mayor y que forma parte de él, el de la construcción del Reino aquí y ahora, en medio de nuestra realidad temporal, poniéndonos a trabajar en aquellos talentos que Dios nos ha confiado, no dejándolos guardados en el placard de nuestra comodidad, sino conscientes de que está en nuestras manos transformar la realidad haciéndola más dichosa y auténticamente digna.
Tres son las virtudes necesarias para ello: perseverancia, constancia y humildad, todas ellas sostenidas, a su vez, sobre la base de la esperanza que sostiene nuestros anhelos, preocupaciones, necesidades de felicidad y plenitud; con la confianza depositada en Dios, que no nos quiere inactivos sino disponibles para enfrentar los riesgos cotidianos y dispuestos al crecimiento aun de aquellas zonas de nuestra personalidad, historia, que creíamos estancadas, dispuestos a la superación personal en post de hacer “borrón y cuenta nueva” y habiendo hecho fructificar nuestros talentos, salir al encuentro de la realidad para en ella ser hombres y mujeres que son luz en las tinieblas.
Dios nos invita a esperar lo que no vemos, a reconocer que pese a nuestra incapacidad de comprenderlo todo, Él obra con sabiduría y amor generoso.-
EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / emiliorodriguezascurra@gmail.com

   
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