LA PALABRA DE DIOS DE CADA DOMINGO
IIIº Domingo del Tiempo de Adviento

El Precursor del Mesías y la gozosa espera.

¿Quién eres? le preguntan a Juan, el Bautista, los enviados de Herodes, ante la noticia de que se aproximaba la venida del Mesías. El emperador sentía que su poder podría ser reducido, y por ello inicia una investigación. La llegada del Mensajero de Dios es un acontecimiento que supera los límites de su poder temporal, no puede controlarlo, mucho menos abarcarlo e impedirlo.
La misma es anunciada en este domingo como una venida profética, el texto del profeta Isaías así lo muestra, el mismo que Jesús leyera en la sinagoga cuando le fuese entregado el rollo (Lc. 4,16ss.). El Apóstol, en la segunda lectura nos invita a estar no solo expectantes, nuevamente, sino a permanecer en una gozosa y alegre espera que prepare la venida del Salvador.
Así, la Encarnación de Dios es representada como un hecho que debe movilizarnos interna y externamente. De modo interno transformando nuestra espiritualidad, permitiéndonos una apertura del corazón para que nazca el Niño en él, para que la Luz que disipa las tinieblas pueda iluminarlo, y a partir de ello podamos ser “iluminadores” de Dios en el mundo.
Externamente la espera del Mesías nos debe ir predisponiendo a anticiparlo en lo concreto de nuestra vida con nuestras obras, pues un cristiano que no halla alegría en este misterio difícilmente pueda ser reconocido como tal, aunque lo exprese con los labios. Somos invitados a expresar el advenimiento de Dios con toda nuestra vida, siendo pacientes ante aquel que necesita de nuestra escucha, disponible ante quien necesita de nuestra colaboración, responsables en nuestras obligaciones laborales o de estudio y en nuestras tareas como miembros de una familia, respecto del rol que ocupamos en ella, y como pertenecientes a una comunidad.
Este domingo estamos invitados a contemplar la figura del Precursor de Jesús, Juan el Bautista, con las palabras de Romano Guardini en su obra “El Señor”: “La grandeza del Precursor estriba, pues, en su mirada, que capta la plenitud del tiempo y le hace exclamar: “Él es”.-

   
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