CAMINO HACIA LA PASCUA
ITINERARIO PASCUAL
Una propuesta para meditar nuestra Semana Santa
“Como peregrinos, vamos hacia Él; como peregrino, Él sale a nuestro encuentro y nos incorpora a su subida hacia la cruz y la resurrección, hacia la Jerusalén definitiva…”
Benedicto XVI


La semana que comenzamos a transitar es la de la auténtica revelación, a lo largo de ella iremos descubriendo cercanamente que Aquel que hacía milagros, curaba enfermos, predicaba por los pueblos y anunciaba la Salvación, es verdaderamente quien no solo vino a ofrecérnosla, sino a darla por nosotros, es decir, Cristo es lo que manifiesta de sí, su discurso no queda en la mera promesa, sino que esta llega a su más alto cumplimiento, y el amor de Dios por cada uno de nosotros alcanza su grado máximo.
Una semana tardó Dios en crear al mundo, una semana tardó en erigirse como el soberano de todos los tiempos, más allá de los límites territoriales y aun de las mezquindades y flaquezas de nuestra vida, y ofrecernos su perdón amoroso desde lo alto de una cruz en lo vacío de un monte. La historia de la humanidad tiene un antes y un después de este acontecimiento, de la misma manera nuestra propia vida debe verse inmersa en él, pues “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” La Revelación de Dios que alcanza su punto central en al triduo pascual no debe dejarnos inmóviles, mucho menos indiferentes, sino que debe ser una propuesta a cambiar nuestros paradigmas mentales y costumbres de vida, purificando nuestras intenciones y nuestra rectitud en el obrar.
Jesús es vitoreado como el rey esperado en su entrada en Jerusalén, algunos de los evangelios dicen que fue recibido con ramos de palmeras e incluso que quienes allí estaban arrojaban sus mantas, convirtiendo el camino de tierra en uno alfombrado, digno de un rey. Cristo entra montado en un burro, como signo de que la nueva y verdadera realeza se jacta de la humildad, pues era el caballo el animal asociado al poder y a la majestad, la universalidad inaugurada por aquel que luego sería crucificado queda puesta de manifiesto, por encima de todas las fronteras y prejuicios humanos. Ser rey es asumir la voluntad del Padre, entregarse completamente a ella y desde allí, ser don para el perdón de todos.
Al anunciar la destrucción y reconstrucción del templo, Jesús anuncia que el nuevo culto ya no será erigido y permanecerá encerrado entre murallas, sino que nacerá de un madero que purificará al mundo y será signo del amor de Dios para con los hombres y su deseo de reconciliación fraterna, “se ha acabado la época del templo de piedra con su culto sacrificial, (…) el nuevo templo es él” (Benedicto XVI)
En el comienzo de la historia Adán añoró ser como Dios, adquiriendo el poder sobre el bien y el mal, quiso exaltarse por sobre todas las cosas; a diferencia de él, Cristo se abajo tanto que lavó los pies a sus discípulos, aun cuando algunos de ellos manifestaron que esto no era digno de un rey, no comprendían la dinámica del nuevo reino. Jesús se despoja de todo, corre sus vestiduras y purifica a sus discípulos, sacándonos a nosotros de nuestras actitudes soberbias y omnipotentes, enseñándonos a vivir con sinceridad nuestro ser cristiano, nos hace capaces de amar sin condiciones; “sólo si nos dejamos lavar una y otra vez, si nos dejamos purificar por el Señor mismo, podemos aprender a hacer, junto con Él, lo que Él ha hecho” (Benedicto XVI). Es en su abajamiento total donde se manifiesta la inmensidad de Dios, pues solo él tiene la capacidad de hacer grandes cosas desde la pequeñez humana.
En la Última Cena, Jesús se entrega a sí mismo como don para la relación rota con Dios a causa del mal, llevando a plenitud el Día de la Expiación judía, lo hace rodeado de un variado grupo de discípulos, cada uno de ellos con historias de vida particulares, desde situaciones disímiles; allí Él quiso encontrarse con ellos y dejarles su Cuerpo y su Sangre como signo de la Alianza, como el primero, el único y el último sacrificio por nuestros pecados. Allí también les encomendó conmemorarlo hasta el fin de los tiempos, es decir, hasta su regreso; sin abandonarlos, pues en cualquier lugar en el que dos o más estuviesen reunidos en su nombre: allí estaría. Rezando con ellos, entregándose una vez más. El temor y el dolor de Cristo eran nada comparados a la obra que iba a realizar luego, su sufrimiento fue lo que regó la Iglesia misionera naciente.
Es la vida concreta y práctica donde revivimos aquellas enseñanzas que nos dejó el Maestro, de su cuerpo y de su sangre brotan las fuerzas para anunciar a todos esta Buena Noticia, “el Señor nos ha elegido para que sepamos decir al cansado, al desesperanzado, al triste, al abatido, una palabra de aliento” (Card. Eduardo Pironio, Siervo de Dios), esa es la misión que nos ha dejado, y para la cual nos impulsa con su Espíritu Santo, y es para ella para la que son necesarios nuestros sacerdotes, guías de la comunidad peregrina, en palabras del Siervo de Dios, Cardenal E. Pironio: “el sacerdote es el hombre que perdona, que celebra, que ama y que sirve”; esto instituyó Cristo antes de dejar a sus discípulos: la labor apostólica de quienes conducirían a la grey hacia el reencuentro al final de los tiempos.
Toda la Semana Santa es una gran celebración del amor de Dios por su pueblo, por todos y cada uno de quienes tienen el corazón dispuesto a escucharlo y dejarlo habitar en él. Es un tiempo en el que no dejamos de hacer lo que hacemos, de ser quienes somos, pero sí en el que el misterio supera nuestros egoísmos y debilidades, revistiéndonos del vestido de bodas para participar dignamente del Gran Banquete ofrecido por el Creador.
El Dios del silencio nos invita a la reconciliación. Una mujer está desconcertada desde el comienzo, ahora sufre, el dolor traspasa su corazón, aún así sabe que lo que parecía suyo en realidad no lo es, sabe que su sufrimiento es causa de alegría para muchos, de reconciliación; María, la Reina de la Paz, acompaña a Jesús a cada paso, lo ve crecer, lo escucha predicar, lo ve sufrir, y muerto descansa en su regazo, luego será testigo de su resurrección, nosotros somos testigos de su amor abnegado hasta el final y a ella recurrimos como camino para transitar este itinerario pascual, pues su vida, su Sí absoluto son el camino trazado en el mapa de ruta de nuestro peregrinar cristiano.-

   
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