Domingo de la Ascención del Señor
La Ascensión, culmen de la Encarnación del Señor.




Con la Fiesta de la Ascensión lleva a su punto culmen el misterio de la Encarnación del hijo de Dios, de Dios mismo, don ofrecido gratuitamente a los hombres para que seamos perdonados y redimidos de todos nuestros pecados. Junto a la Fiesta de Pentecostés en la que nos será dado el Espíritu Santo, como signo de la presencia de Dios más allá del tiempo y en el tiempo, queda al descubierto el hermoso misterio de la Santísima Trinidad.
La Salvación que Dios nos ha ofrecido, y que en este tiempo pascual celebramos, pues permanecemos en la alegría de una gran domingo pascual que se extiende desde el Domingo de Resurrección hasta Pentecostés, involucra la totalidad de nuestra realidad, es decir, no solo algunos aspectos, sino la totalidad de nuestra vida en todas sus dimensiones. Es imposible vivir plenamente la Resurrección desde una fe desencarnada, reducida a lo meramente espiritual, sin consecuencias concretas para nuestra vida, pues esto queda en la mera ideología, y lejos de esto la fe en la Resurrección del Señor se nos ofrece como una propuesta de vida. Una fe encarnada en nuestra propia vida, con nuestros circunstancias particulares, anhelos, sufrimientos y esperanzas, es el deseo de Dios que nos libera de una disociación evasiva.
Con la Fiesta de la Ascensión celebramos, como Iglesia, el triunfo de Cristo sobre el mal, el triunfo de la Verdad por sobre las verdades parciales que en muchos casos mueven nuestra vida, sobre la corrupción moral que nos acecha, y pone luz frente a los espejitos de colores que nos seducen y no nos dejan ver al único Dios y Señor.
Nadie puede negar la encarnación de nuestra fe y, con ello, el envío que Jesús hace a sus discípulos, y a nosotros, de llevar a todos lados la Buena Noticia que nos ha transformado la vida, siendo testimonio de ella en la familia, en nuestro trabajo, en nuestro grupo de amigos, en los ambientes que frecuentamos, no como “fundamentalistas religiosos”, sino como hombres y mujeres que han hecho una elección concreta de vida y han configurado su realidad a ella, haciendo de su existencia auténtico signo de la venida del Señor que por amor y con su amor nos ha prometido acompañarnos hasta el final de los tiempos.-

EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com


   
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