LA PALABRA DE DIOS DE CADA DOMINGO
NAVIDAD

¿HABRÁ LUGAR EN NUESTRO ALBERGUE?


El tiempo de Adviento, que significa venida, llegada, advenimiento, es un tiempo en el que como cristianos nos preparamos para recibir al Mesías que llega. Él es mucho más que el enviado de Dios, es su propio hijo, y en él se encuentra al Dios mismo hecho hombre. La Sagrada Escritura lo define como el Emanuel, Dios-con-nosotros (Mt 1, 23).
El Santo Padre Benedicto XVI expresa, en su Exhortación Apostólica Verbum Domini, que el misterio de Dios que es tan grande resulta una paradoja al nacer en un pesebre (n.12), en un establo, en el sitio común para los animales. Se dice en el texto que leemos en la Navidad que María debía dar a luz, pues le había llegado el momento, pero no había para ellos lugar en el albergue (Lc 2, 6-7).
Pareciera como si las casualidades hubieran llevado a que el Niño naciera en esas condiciones, sin embargo, todo forma parte del plan de Dios que quizo hacerse pequeño. “La verdad brota de la tierra”, afirma san Agustín en uno de sus sermones, refiriéndose a María de quien surge el Cristo, el que traería la paz y la salvación a los hombres. Pues así como por una mujer entró el pecado, habiendo también salido de la tierra, Eva; por otra mujer nos llega la salvación, y la llamamos inversamente: Ave María.
El acontecimiento de la Navidad nos interpela hoy día con la misma fuerza de todos los tiempos y nos lleva a preguntarnos acerca de nuestro propio albergue: el corazón, el sitio elegido por Dios para habitar en nosotros, y nos interroga: ¿hay lugar en nuestro albergue interior para que nazca el Niño Dios? Palabras que se refieren a cosas tan opuestas, Niño como algo pequeño y Dios como lo más grande existente; sin embargo, en él no son contradictorias, pues quiso hacerse igual a nosotros en todo, menos en el pecado.
Para ello es necesario que nos vaciemos, que abramos el corazón de par en par, como cuando un amigo muy querido viene a casa a visitarnos y le ofrecemos todo lo que tenemos, lo que somos verdaderamente, ya que no tenemos reparo en mostrarnos en nuestra autenticidad. Abrir el corazón significa tener capacidad de abrir puertas y derribar muros y dejarnos sorprender por la novedad de este hecho que nos transforma la vida, nos convierte en hombres nuevos. Sin perder nuestra capacidad de asombro, pues la fe es dinamismo puro; quien deja de asombrarse se duerme y, aunque el amigo golpee a su puerta, no lo escucha, porque el cansancio de vivir, las preocupaciones temporales, lo adormecen y aturden.
Permanezcamos en estado de gratitud, el Salvador se nos da gratis, sin pedirnos nada a cambio más que lo que somos, así como somos, sin aparentar algo distinto; el que viene nos conoce de antemano, hemos sido creados por él, por eso le debemos amor, y amar a Dios es dejarnos amar por él.
Todo esto que recibimos merece de nosotros un gesto de gratuidad, es decir, de entrega generosa a los otros, a quienes conocemos y a quienes aun ignoramos, pues la venida del Señor depende de que seamos nosotros, quienes hemos sido llamados por él, a anunciarlo por la gracia bautismal, lo proclamemos día y noche, lo cual no significa que hablemos todo el tiempo y a todos de Dios, sino que nuestra vida, nuestas actividades, tareas y responsabilidades sean reflejo de la presencia del Señor en medio de nuestra realidad temporal; si bien el misterio que lo envuelve no queda encerrado en los límites de nuestra temporalidad, pues para Dios el tiempo es relativo.
Prepararnos a celebrar la Navidad, juntos en la comunidad cristiana y en familia, debe llenarnos de gozo y, al mismo tiempo, ser una oportunidad de cambio profundo en el que renazcamos desde lo alto. “He aquí a un niño como todos los otros. Llora, tiene hambre y duerme como ellos, y, con todo, es “el Verbo que se hizo carne” (Romano Guardini).

EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com

   
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