LA PALABRA DE DIOS DE CADA DOMINGO
VIº Domingo del Tiempo durante el año

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo:
Se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.
Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: «No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a Él de todas partes.

Palabra del Señor.

Los muros entre Dios y yo
En época de Jesús la lepra era considerada consecuencia de pecado y por su fácil contagio era necesario que quien la portara viviera apartado del resto de la comunidad. Quien era infectado debía presentarse al sacerdote, tal como describe el libro del Levítico, obra que exponía una serie de normas acerca de la labor sacerdotal.
La lepra era la “enfermedad del momento”, pues había muchos enfermos de ella, y era un muro entre quien la padecía y Dios, pues al mismo tiempo era símbolo de un pecado cometido que alejaba al hombre de Dios, pero no a Dios del hombre. El advenimiento del Señor en su hijo Jesús, en beneficio nuestro es muestra de que para Él ningún impedimento más que la dureza de corazón del ser humano puede alejarnos de él. En la Cruz Cristo nos libera de todas nuestras impurezas y nos hace dignos de ser hijos del Padre.
“Háganlo todo para gloria de Dios” dirá san Pablo, lo cual no redunda en Dios mismo sino en su propia creatura, pues la gloria de Dios alcanza su mayor grado cuando su proyecto de salvación se encarna en la historia y encuentra hombres y mujeres preparados y dispuestos para ser liberados. Para ello es necesario que reconozcamos cuáles son nuestras “lepras”, es decir, aquellas cosas que se transforman en un muro en nuestra relación con Dios. A qué ídolos rendimos tributo dejando de lado al Dios verdadero, y por tanto enfermamos, cuáles son nuestras propias sombras o, por el contrario, las luces que encandilan nuestra mirada y nos enceguecen impidiéndonos ver al Creador.
San Pablo es concreto en esto y propone a los corintios un esquema de vida sano y santo que haga plenas sus vidas, instándolos a vivir como miembros del Reino de Dios, en el amor, la bondad, la templanza, la sobriedad. Asumiendo que no somos de este mundo si bien vivimos en él, pues la gran tentación está en querer vivir en este mundo como si perteneciéramos a él, olvidando aquello que nos diferencia y nos llena el corazón; los bienes de este mundo son pasajeros mientras que el anhelo de lo que vendrá vivido en paciente y alegre espera mantiene viva nuestra esperanza.

EMILIO RODRIGUEZ ASCURRA / contactoconemilio@gmail.com

   
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