Cristo ha resucitado ¡Aleluya!
La obra de Redención del Señor alcanza su punto culmine con la resurrección de Cristo, no como el final, sino como aquel acontecimiento decisivo que cambia la vida de los hombres y mujeres, transformando la cruz del sufrimiento y del dolor en una fiesta de esperanza.

En el Evangelio, Juan narra que iba junto a Pedro camino al sepulcro y, al llegar, se encontraron con que Él ya no estaba allí; el discípulo amado como símbolo de los apóstoles que llevarían adelante la obra de la evangelización, y la Iglesia toda, representada en Pedro, llegan al lugar donde había sido depositado el cuerpo de Cristo y no lo hallan. El desconcierto seguramente fue grande, el dolor también, pues pensaban que lo habían robado, la fe les hará descubrir que Cristo, en realidad, había resucitado. En su cuerpo glorificado se aparecerá a María Magdalena, a los apóstoles y a algunos más, entre ellos a Pablo, confiándole la evangelización de los pueblos paganos, para quienes este hecho era una locura, algo irrisorio.
La promesa hecha a Abraham y descendencia se cumple en Cristo, ya no hay que esperar nada, pues todo se ha cumplido, ahora el mundo debe creer, será la propuesta de los apóstoles, sin embargo esta tarea no será para nada sencilla, y estará santificada por la entrega de los primeros mártires.
El cuerpo de Cristo glorificado alcanza una nueva dimensión, ya no necesita de las cosas corruptibles, sino que está más allá de lo que nosotros podamos comprender, así somos invitados a descubrir la estrechez de nuestra vida, lo pasajero de todo lo que nos rodea, no desde una actitud trágica y pesimista bajo la cual nada tiene sentido, sino desde la gloria de la Resurrección que da sentido a todo y nos impulsa a buscar los bienes verdaderos, perdurables, aquellos que podemos alcanzar hoy y aquí y que no nos serán quitados: el don de la fe, la verdadera felicidad, la gozosa esperanza, y al hermano como don que se nos da para nuestra vida.
La Resurrección del Señor es una invitación a pregustar la vida eterna, “vida eterna no significa la vida que viene después de la muerte. (…) Vida eterna significa la vida misma, la vida verdadera que puede ser vivida en este tiempo y que después ya no puede ser rebatida por la muerte física” (Benedicto XVI). Vivir la vida eterna en este momento, aquí y ahora, es abrazar este ideal y aprehenderlo para la propia vida, no depositando lo esencial de nuestra vida en los bienes pasajeros, sino buscando la felicidad, eso que Dios desea para todos sus hijos, mucho más allá de ellos, más allá de este mundo.
Este acontecimiento marca un antes y un después en nuestra vida, es una enseñanza de amor que nos moviliza a no quedar presos de nosotros mismos, colgando del madero de nuestras propias sombras, sino a emprender un nuevo camino, el de cristianos resucitados, transformados por la misericordia del Padre, en la pequeñez, en la humildad y en la sencillez con las que Jesús vivió, padeció, murió y resucitó por nosotros. Estas virtudes son un programa de vida, que junto a la oración y al servicio, deben iluminarnos.
“Nuestra vida tiene que ser una vida escondida con Cristo en Dios. Por eso tenemos que ver y gritar: Resucitó Cristo, mi esperanza. Amén.” (Cardenal Eduardo Pironio, Siervo de Dios)

   
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